Para celebrar el Día Mundial del Medio Ambiente, este sábado 7 de junio de 2025 hemos organizado en colaboración con el Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial, una excursión didáctica al Puerto de Malagón, El objetivo de esta actividad es hablar del Lobo Ibérico: Su hábitat, su biología, su llegada al Monte Abantos, y la problemática que entraña su presencia en territorios ganaderos y su reciente desprotección legal.

La ascensión hacia el Puerto de Malagón requiere salvar un desnivel de casi 600 m., de modo que hay que tomárselo con calma realizando varias paradas a lo largo del recorrido. Una de ellas es el Parque Forestal Miguel del Campo, lugar donde se conserva la canalización subterránea del agua que sirvió para abastecer las numerosas fuentes del Monasterio.

Subimos por el sendero del hayedo, hacia la Fuente de Santiago Arroyo. A los 1.300 m. de altitud cruzamos la pista forestal del Monte Abantos. En este punto, se observa muy bien la cota a partir de la cual comienzan a aparecer los pinos silvestres, las hayas y los alerces.

Es precisamente en el Mirador de Los Alerces donde nos detenemos para contemplar la espectacular panorámica de la arista sur del Monte Abantos.

Atravesamos el Hayedo del Trampalón, el “hayedo escondido” como lo llaman por aquí. En esta época del año las hayas lucen esplendorosas entre los pinos y los alerces europeos.


Desde el puerto de Malagón se divisa una excelente panorámica de lo que vendría a ser un hábitat idóneo para el Lobo Ibérico: Grandes extensiones de matorral con roquedos y agua abundante, rodeadas de bosques de ladera donde abunda la caza. El Lobo Ibérico (Canis lupus signatus) desapareció de la Sierra de Guadarrama en el año 1957, precisamente en Peguerinos, muy cerca de aquí. Hubo que esperar varias décadas hasta volver a ver lobos en la sierra. Los primeros indicios de su llegada aparecieron en torno al año 2011, pero en el Monte Abantos no aparecieron indicios hasta el año 2018.

Por desgracia, uno de aquellos lobos que fueron vistos durante el año 2018 en el Monte Abantos, fue atropellado en la carretera de El Escorial, muy cerca del cruce con la A6.

Durante varios meses desaparecieron por completo los indicios, pero después de la pandemia comenzaron a aparecer nuevos rastros hasta que, en marzo de este año 2025 los lobos hicieron acto de presencia acometiendo varios ataques en fincas ganaderas de San Lorenzo de El Escorial.
A estas alturas nadie puede negar que la problemática del lobo ibérico con respecto a su coexistencia con la ganadería lleva décadas enquistada. Al hilo de su reciente exclusión del Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, nos parece oportuno aportar nuestro punto de vista, desde una óptica científica, y siempre con el máximo respeto a todas las opiniones.
Avanzamos hacia una sociedad que se sensibiliza cada vez más por las causas medioambientales y climáticas, por cuestiones obvias. Pero el medio rural, que no para de reivindicar mayores atenciones y servicios que le permita vivir menos aislado de la sociedad, se resiste a la imposición de medidas de gestión del medio ambiente, por ser ajenas a sus costumbres ancestrales.
A la población rural siempre se le ha otorgado el ejercicio de “guardián y custodio” de los campos y de los montes, pero tiene que comprender que el patrimonio de la biodiversidad no le pertenece, ni puede hacer con él lo que quiera, sin un mínimo de control. Hoy día, nadie en su sano juicio plantearía un exterminio total de especies como el oso pardo o del lince ibérico. Hasta el mundo rural ve con buenos ojos su protección. Nosotros hemos sido testigos directos de las reacciones de admiración que suscitan estas especies entre la población rural, incluso entre los propios cazadores. Entonces, ¿qué ocurre con el lobo ibérico?
Una cosa que tenemos muy clara es que no se puede defender al lobo ignorando lo que tiene que decir el sector ganadero. Después de varios años de trabajo y experiencia en el mundo rural, podemos afirmar categóricamente que la convivencia de la ganadería con la biodiversidad es perfectamente posible, y en el caso concreto del Lobo Ibérico tenemos multitud de ejemplos de convivencia, repartidos por todo el territorio nacional, especialmente en las zonas con mayor “densidad lobera”, como pueden ser la Sierra de La Culebra (zamora) o la Montaña de León.
Ejemplos de esta convivencia con el lobo hay muchos, tanto en la montaña cantábrica como en la Sierra de la Culebra, y ahora también empieza a haberlos en territorios del Sistema Central, donde el lobo parece querer «recuperar» el espacio que legítimamente ocupó durante siglos. La «guerra» entre el lobo y el mundo rural la plantean los de siempre, un pequeño sector de la ganadería que, yendo de la mano del colectivo cinegético, sabe meter «ruido» en las redes sociales y en los medios de comunicación. No quieren oír hablar del lobo ni nada que tenga que ver con su protección. Se quejan del «abandono» que sufren por parte de las administraciones, pero se empeñan en poner al lobo en el foco de sus problemas, olvidándose de los precios que intermediarios y grandes corporaciones pagan por sus productos, para luego venderlos al consumidor multiplicados por cien. Dicen que hay «superpoblación» de lobos, pero nada más lejos de la realidad. Es lógico que un ganadero que ha sufrido un ataque, piense que hay «superpoblación», pero si nos atenemos a los estudios que se han ido realizando durante los últimos años, no estamos ni de lejos en una situación de «superpoblación lobera».
Llevamos arrastrando esta problemática varias décadas, y da la impresión de que no llegamos a una solución. Matar a los lobos no es la solución, es el problema. Lo saben los cientos de ganaderos que conviven con el lobo, y lo saben los biólogos que llevan años advirtiendo de que el problema viene de la nefasta gestión cinegética que se ejerce desde las administraciones, priorizando siempre los intereses del sector cinegético, sin escuchar si quiera lo que tienen que decir los técnicos y especialistas, que son los que conocen cómo funcionan y cómo se pueden gestionar adecuadamente las dinámicas poblacionales de la fauna salvaje, para que interfieran lo menos posible con la ganadería.
Antes de adoptar medidas, hay que conocer la biología del lobo, hay que saber cómo funcionan sus dinámicas poblacionales y las de sus presas «naturales», y hay que conocer cuál es la incidencia real de los «controles cinegéticos» que se ejercen desde las administraciones implicadas. El lobo ibérico fue llevado al borde del exterminio a finales de los años 60 por la «Ley de Alimañas», una ley ancestral que se mantuvo durante siglos, y que fue impulsada en 1953 por el dictador Franco, a través del Ministerio de Agricultura. Félix Rodríguez de la Fuente logró concienciar a la sociedad española y consiguió sacar a la especie de aquel catálogo de especies «malignas», pasando a ser catalogada como especie cinegética (es decir, sometida a control cinegético). A partir de los años 80 el lobo comenzó a recuperarse y fue poco a poco regresando a los territorios donde siempre vivió (menos en el sur, donde su exterminio ha conducido al declive total).
Vamos a tratar de explicar lo mejor posible algo de la biología del lobo, para que se entienda cuál es el problema. Cuando un lobo adulto abandona la manada en la que se crió tiene dos opciones: O se enfrenta al macho «alfa» para arrebatarle el control de la manada, o se marcha y recorre largas distancias en busca de un territorio que le garantice caza y pareja para formar la suya propia. Durante ese período, su único sustento es la caza digamos «menor», es decir, topillos, conejos, liebres, lagartos, carroña… lo que encuentre a su paso. No se puede permitir el lujo de cazar un corzo, un ciervo, y mucho menos un jabalí, salvo que se los encuentre enfermos, heridos o moribundos. Por eso no desaprovecha la oportunidad cuando se topa con un ternero, o con un rebaño de cabras y ovejas, de ahí la importancia de los perros, los burros, las barbacanas y todos los mecanismos de defensa y protección que utilizan los ganaderos que viven en territorio «lobero». En cuanto ese lobo encuentra pareja forma su manada, aceptando la incorporación de otros lobos o lobas que lleguen a su territorio, porque el lobo antes que nada es un «cazador social». A partir de ese momento, el objetivo de la manada es el el corzo, el ciervo, el jabalí… y automáticamente cesan las incidencias con el ganado. Un «alfa» organiza y dirige las cacerías, y jamás va a atacar a una cabaña ganadera con su manada, porque eso es señal de debilidad jerárquica. Pero cuando sus presas «naturales» escasean por la enorme presión cinegética que se ejerce en sus territorios, si no les queda otra, van a ir a lo fácil para subsistir. Y si encima de todo eso, esos «controles» orquestados por la administración sin ningún tipo de criterio científico, disparan contra el lobo equivocado (algo que sucede en la mayoría de los casos), la manada se queda descabezada o desestructurada, y ya tenemos a 6, 8 ó 10 lobos solitarios en busca de territorios y causando problemas a la ganadería.
La inclusión del lobo en el listado de especies protegidas pretendía que los controles poblacionales del lobo se hagan bajo criterios estrictamente técnicos y científicos. No se puede hacer una adecuada gestión apoyándose exclusivamente en lo que le dicten los alcaldes, los consejeros, los representantes de los ganaderos, o los cazadores. Las decisiones deben estar supeditadas por técnicos especialistas, que son los que realmente saben cómo se puede ejercer una gestión adecuada de la fauna salvaje, para que incida lo menos posible en la ganadería.
Por desgracia, volvemos a retroceder lo poco que se ha avanzado en estos apenas tres años en los que el lobo estuvo protegido en nuestro país. Se pretende imponer el relato apocalíptico de siempre, que el lobo hace inviable la vida rural, ignorando su papel clave como regulador de ecosistemas. Matar lobos no es la solución, matar lobos sólo conduce a más ataques al ganado doméstico. Matar lobos implica romper grupos y desestabilizar manadas, aumentando la depredación sobre animales de fácil acceso y desprotegidos. La situación a la que nos lleva esta desprotección amenaza los ecosistemas, el respeto por la ciencia, el respeto por el patrimonio de nuestra biodiversidad, el sentido común.






